Los tipos de memoria en pocas palabras
La memoria no es un solo almacén. La clasificación más útil la ordena por el tiempo que guarda la información: la memoria sensorial retiene lo que acabas de ver u oír durante una fracción de segundo; la memoria a corto plazo, unos segundos; y la memoria a largo plazo, de horas a toda la vida. La memoria de trabajo es la memoria a corto plazo cuando la usas para pensar, por ejemplo al hacer una cuenta de cabeza.
La memoria a largo plazo tiene a su vez dos grandes ramas. La explícita, o declarativa, es la que puedes contar con palabras: la episódica guarda lo que viviste (tu primer día de clases) y la semántica, lo que sabes (que Lima es la capital de Perú). La implícita, o no declarativa, actúa sin que te des cuenta: la procedimental guarda habilidades como andar en bicicleta, y el priming y el condicionamiento cambian cómo reaccionas aunque no recuerdes por qué.
Todas pasan por tres fases: codificación (la información entra), almacenamiento (se guarda) y recuperación (la sacas cuando la necesitas). Al estudiar, la que más se descuida es la última, y es la que más cuenta, como verás más abajo. Esta tabla resume cada tipo con lo que se ha medido:
¿Cuántos tipos de memoria hay? Depende del modelo
Si buscas «tipos de memoria» verás listas de 3, 4, 5 o 7. No se contradicen tanto como parece: cada una cuenta según un modelo distinto, y muchas páginas mezclan varios sin decirlo. Estos son los que aparecen una y otra vez:
Una revisión en español de M. Agrest, de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires, lo resume así: la clasificación más aceptada distingue dos grandes sistemas, la memoria declarativa y la no declarativa, y la de cinco sistemas es la alternativa (Vertex, 2001). Para estudiar no hace falta elegir un modelo. Basta con saber cuánto dura cada memoria y qué la hace durar más.
Memoria sensorial: medio segundo para decidir
Todo lo que ves y oyes pasa primero por la memoria sensorial. La visual se llama icónica y la auditiva, ecoica. En 1960, George Sperling mostraba durante una fracción de segundo una tarjeta con varias filas de letras. Si después pedía que dijeran todas, la gente nombraba solo unas pocas, aunque insistía en que había visto más. Pero si un tono, justo al desaparecer la tarjeta, indicaba qué fila decir, acertaban casi todas las letras de esa fila.
Es decir, durante un instante tenemos disponible casi toda la imagen, y se desvanece en el medio segundo siguiente, según el resumen del propio Sperling (Psychological Monographs, 1960). La lección para estudiar es sencilla: la memoria sensorial no guarda nada por ti. Solo pasa a la siguiente etapa lo que recibe atención, así que si lees con notificaciones saltando cada minuto, parte de lo que pasa por tus ojos ni siquiera llega a la memoria a corto plazo.
Memoria a corto plazo: unos segundos y unos cuatro elementos
Lo que atiendes pasa a la memoria a corto plazo, que guarda poco y durante poco tiempo. En 1959, Lloyd y Margaret Peterson, de la Universidad de Indiana, dictaban a estudiantes tres consonantes y un número, por ejemplo «ABC 309», y les pedían contar hacia atrás de 3 en 3 desde ese número hasta que se encendía una luz. Contar les impedía repasar las letras. Tras 15 o 18 segundos, solo recordaban las tres letras entre el 8 y el 15 % de las veces (Journal of Experimental Psychology, 1959).

Si no puedes repasar, la memoria a corto plazo se vacía en segundos. Datos: Peterson y Peterson (1959), tabla 1, experimento II (48 estudiantes; grupo que repetía en voz alta). Gráfico: Mindomax.
En un segundo experimento dejaron que parte de los estudiantes repitieran las letras en voz alta antes de empezar a contar. Ayudó, pero no las salvó: a los 18 segundos recordaban el grupo de letras el 14 % de las veces sin repetirlo y el 34 % tras tres segundos de repetición.
¿Y cuánto cabe? George Miller hizo famoso en 1956 el «número mágico siete, más o menos dos». Hoy se considera una cifra generosa: Nelson Cowan reunió datos de muchos tipos de experimentos en 2001 y concluyó que el límite real ronda los cuatro bloques de información, y que el siete de Miller era más una estimación que un límite medido (Behavioral and Brain Sciences, 2001). Un bloque puede ser una letra, una palabra o una idea entera, así que agrupar ayuda: por eso un número de teléfono se recuerda en grupos de dos o tres cifras y no de una en una. A esto se le llama chunking (en inglés).
Para estudiar, esto tiene una consecuencia incómoda: leer una página y sentir que la entiendes es tu memoria a corto plazo funcionando. No quiere decir que mañana vayas a recordarla.
Memoria de trabajo: la mesa donde piensas
La memoria de trabajo es la memoria a corto plazo en uso: calcular 17 × 4 de cabeza, retener una instrucción mientras la sigues o comparar dos opciones. Alan Baddeley y Graham Hitch la describieron en 1974 con tres partes, y Baddeley añadió una cuarta en 2000 (Trends in Cognitive Sciences, 2000): el bucle fonológico, que repite palabras y números en voz baja; la agenda visoespacial, que maneja imágenes y posiciones; el ejecutivo central, que reparte la atención; y el búfer episódico, que une todo eso con lo que ya sabes en una sola escena.
Un caso famoso muestra que es una memoria aparte. El paciente H. M. perdió en 1953, tras una operación del cerebro, la capacidad de formar recuerdos nuevos duraderos. Sin embargo, repetía sin fallo hasta seis dígitos, igual que antes de operarse; con siete fallaba siempre (Squire y Wixted, 2011). Su memoria inmediata seguía intacta; lo que había perdido era el paso a la memoria a largo plazo.
Al estudiar, la memoria de trabajo se llena enseguida. Por eso ayuda escribir: un esquema en papel o una lista de pasos le quita carga y deja espacio para entender.
Memoria a largo plazo: cabe muchísimo, pero se olvida
El espacio no es el problema de la memoria a largo plazo. En un experimento de 2008, investigadores del MIT y de Harvard mostraron a voluntarios fotos de 2500 objetos, cada foto una sola vez, durante cinco horas y media. Después, al elegir cuál de dos imágenes habían visto, acertaron el 92 % de las veces cuando la otra era un objeto distinto, el 88 % cuando era otro objeto de la misma clase y el 87 % cuando era el mismo objeto en otro estado o postura (PNAS, 2008).
El problema es recuperar. En el siglo XIX, Hermann Ebbinghaus se tomó a sí mismo como sujeto: aprendía listas de sílabas sin sentido y medía cuánto esfuerzo se ahorraba al volver a aprenderlas más tarde. A los 20 minutos se ahorraba el 58 %, a los 6 días el 25 % y al mes, el 21 %. En 2015, Jaap Murre y Joeri Dros, de la Universidad de Ámsterdam, repitieron el experimento con 70 horas de aprendizaje y obtuvieron una curva parecida, que bajaba del 47 % a los 20 minutos al 4 % a los 31 días (PLOS ONE, 2015). Lo que no se repasa se pierde deprisa al principio y después más despacio.
Explícita e implícita: lo que sabes que sabes y lo que no
La memoria a largo plazo se divide según puedas o no contar lo que recuerdas. Es la división que defiende Larry Squire, de la Universidad de California en San Diego, a partir de décadas de estudios con pacientes amnésicos (Squire, 2004):
La separación entre episódica y semántica la propuso Endel Tulving en 1972 (Tulving, 2002). La división entre explícita e implícita nació, en parte, del caso H. M.: aprendió a dibujar mirando en un espejo, cada día un poco mejor, sin recordar haberlo practicado nunca (Milner, 1962, citado por Squire y Wixted, 2011). Su memoria procedimental funcionaba; la episódica, no.
Lo que estudias para un examen, como fechas, fórmulas o vocabulario, es sobre todo memoria semántica, y es la que más repaso necesita: no se fija por haberla leído una vez. Las habilidades, como resolver ecuaciones o hablar un idioma con soltura, dependen además de la procedimental, que se entrena practicando, no leyendo.
Cómo pasar algo a la memoria a largo plazo
Si la memoria a corto plazo se vacía en segundos y la de largo plazo olvida deprisa, ¿cómo se fija lo que estudias? En la revisión de John Dunlosky y su equipo, que puntuó diez técnicas de estudio, dos obtuvieron la nota más alta: hacer pruebas de práctica, es decir, intentar recordar sin mirar, y repartir los repasos en el tiempo. Releer y subrayar, las más populares, se quedaron con nota baja (Psychological Science in the Public Interest, 2013).
Henry Roediger y Jeffrey Karpicke, de la Universidad Washington en San Luis, lo comprobaron en 2006 con 180 estudiantes y textos de divulgación científica. Unos leyeron el texto en cuatro sesiones de 5 minutos. Otros lo leyeron una vez y dedicaron las otras tres sesiones a escribir todo lo que recordaban, sin que nadie les corrigiera.

Leer cuatro veces da el mejor resultado a los 5 minutos y el peor a la semana. Datos: Roediger y Karpicke (2006), experimento 2 (180 estudiantes). Gráfico: Mindomax.
A los 5 minutos ganaba releer: 83 % frente a 71 %. A la semana, el resultado se invirtió: quienes habían hecho tres pruebas recordaban el 61 % y quienes solo leyeron, el 40 % (Psychological Science, 2006). Lo más curioso es que los que releyeron estaban más seguros de que lo recordarían. Releer da sensación de dominio; recordar sin mirar es lo que de verdad fija el recuerdo.
El segundo ingrediente es dejar tiempo entre repasos. Nicholas Cepeda y su equipo analizaron 839 comparaciones de 317 experimentos en 2006 y, en 2008, pusieron a prueba a más de 1350 personas con exámenes de hasta un año después. Su conclusión: el mejor intervalo entre repasos crece con el tiempo que quieres recordar. Para un examen dentro de una semana, el intervalo óptimo rondó entre el 20 y el 40 % de ese plazo, es decir, de uno a tres días; para recordar algo un año, entre el 5 y el 10 %, unas tres a cinco semanas (Psychological Science, 2008). En eso consiste la repetición espaciada.
Con esos datos, una semana de estudio puede quedar así:
Si nunca has hecho tarjetas, aquí explicamos cómo hacer flashcards para estudiar. Y si quieres el recorrido completo, de la atención al sueño, lee nuestra guía cómo aprendemos realmente.
Herramientas para practicar el recuerdo
Para hacerte preguntas y espaciar los repasos no necesitas ninguna app: unas tarjetas de papel bastan. Si prefieres que algo lleve la cuenta de qué toca repasar cada día, estas opciones lo hacen. Los precios son los del App Store de España.
Hay muchas más opciones en nuestra lista de apps para estudiar.
Si quieres convertir este artículo, o tus propios apuntes, en preguntas que se repasan solas, prueba Mindomax: hace las tarjetas con IA, te avisa cuándo repasar cada una y es gratis.
Preguntas frecuentes
¿Cuántos tipos de memoria hay?
Depende del modelo: 2 grandes sistemas (declarativa y no declarativa), 3 almacenes según cuánto duran (sensorial, a corto plazo y a largo plazo), 4 componentes de la memoria de trabajo o 5 sistemas en la clasificación de Schacter y Tulving. Las listas de 7 tipos mezclan esos modelos.
¿Cuáles son las 3 fases de la memoria?
Codificación (la información entra y se procesa), almacenamiento (se guarda) y recuperación (la sacas cuando la necesitas). Estudiar haciéndote preguntas entrena justo la tercera.
¿Cuáles son los 4 tipos de memoria?
Casi siempre se refiere a la sensorial, la de corto plazo, la de trabajo y la de largo plazo. A veces, a los cuatro componentes de la memoria de trabajo de Baddeley: bucle fonológico, agenda visoespacial, ejecutivo central y búfer episódico.
¿Qué diferencia hay entre la memoria a corto plazo y la de trabajo?
La de corto plazo es el almacén: poca información durante pocos segundos. La de trabajo es ese almacén en uso, cuando además manipulas la información, como al hacer una cuenta de cabeza. Muchos autores las tratan casi como lo mismo.
¿Cuánto dura la memoria a corto plazo?
Unos segundos si no repasas. En el experimento de Peterson y Peterson (1959), tras 15 a 18 segundos contando hacia atrás, las letras se recordaban solo entre el 8 y el 15 % de las veces. Repetirlas en voz alta ayuda, pero no basta para guardarlas.
¿Qué memoria se usa para estudiar?
Para datos, fechas y vocabulario, la semántica, que es explícita y a largo plazo; para resolver problemas, la de trabajo; y para las habilidades que practicas, la procedimental. En todos los casos, lo que más ayuda a recordar es hacerte preguntas y espaciar los repasos.
¿Se puede mejorar la memoria?
Lo que más depende de ti es cómo estudias: en el estudio de Roediger y Karpicke, quienes se pusieron a prueba recordaban a la semana el 61 % del texto, frente al 40 % de quienes solo releyeron. Si notas olvidos frecuentes que te preocupan, consulta a un médico.




